Leviatán y la naturaleza

Leviatán y la naturaleza

abril 19, 2024 0 Por Julian Ballen
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Julián Ballén

Haciendo algunos acercamientos teóricos sobre de la naturaleza del ser humano, es evidente que puede abordarse desde múltiples aspectos, desde la estructura biológica, su capacidad de razón o la forma de su cuerpo. Entre estas categorías cabría enmarcar muchas otras que se encuentran contenidas en estas. Para Hobbes en su texto Leviatán dicha naturaleza esta soportada en una idea de igualdad evidente en la observancia de la especie como conjunto, validando las características subjetivas propias de cada individuo. Su fortaleza, audacia, arte, elocuencia etc. Rasgos que, aunque distintivos, analizados en totalidad comparten la común idea de satisfacción por cada persona de su propia porción de atributos, sean innatos o desarrollados.

De esto, se deriva la idea igualitaria de esperanza al alcanzar los fines propuestos, sean estos; suplir necesidades básicas o solo deleite de placeres. Así pues, cuando dos individuos desean lo mismo, cada uno desarrolla una validación de merecimiento de tal bien hacia sí mismo, entrando de forma deductiva en contradicción con el otro. Dicha contradicción es la ventana a la desconfianza de unos a otros, que a su vez es la puerta a la guerra, la cual puede llegar a tornarse violenta, sin embargo, puede presentarse en situaciones sociales de manera intrínseca, que tiene por objeto la búsqueda de la estimación por parte de todos los actores de su entorno social y en caso contrario, ante signos de desprecio o desaprobación, reclamar por todos los medios posibles aquella apreciación de la que se considera merecedor.

“Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria”

Se presenta en todo momento una voluntad de luchar, sea por la búsqueda de sus propios beneficios, por el deseo de seguridad para sí mismo y de su familia o por la inevitable aspiración del reconocimiento. Esta voluntad de lucha que podemos llamar guerra, será perenne ante la ausencia de un poder que se estime superior y que amortice estas fuerzas direccionalmente opuestas. Lo que causaría un ambiente enrarecido de incertidumbre y angustia ante un acto violento que potencialmente podría estallar en cualquier momento, enajenando la razón de las personas y anteponiendo un estado de alerta desafiante ante un entorno hostil.

De lo anterior se sigue que las expresiones puras de la misma razón como el arte, la música, la curiosidad, entre otras, pasen a un segundo plano y la sociedad avance más lentamente hacia mejores condiciones de vida.

No significa que a priori lo que denomina Hobbes como naturaleza relacionada a las pasiones, sean pecados en sí, pues para ello es necesario una regulación que las excluya de lo permitido y para el hombre es imposible conocer una ley antes de ser hecha y esta a su vez no puede crearse sin estos estar de acuerdo. Si esto no ocurre, no existiese el poder común y sin él, las ideas de justicia o legalidad están fuera de lugar, todo es permitido en la guerra de todos contra todos. Lo que quedaría sería aquello innato, sensaciones y pasiones, todo lo otro aquello como posesiones y conceptos, estarán supeditados a lo que cada quien pusiese tomar y estuviera en la capacidad de conservar.

Ahora bien, en la condición innata del humano existe la posibilidad de salir del estado de guerra, cuando sus pasiones lo inclinan hacia la búsqueda de la paz, a evitar la muerte y a disfrutar los resultados de su propio trabajo, esto llevará al uso de la razón, la cual sugiere “adecuadas normas de paz, a las cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso. Estas normas son las que, por otra parte, en el texto, se llaman leyes de naturaleza”

La primera ley natural para Hobbes consta de dos principios fundamentales, estos son:
Primero: buscar y seguir la paz. Segundo: Defendernos a nosotros mismos, por todos los medios posibles.

De la aplicación de estos principios, si llegasen a presentarse efectivamente en las personas, se deriva esta segunda ley natural: Que uno acceda, si los demás consienten también, y mientras se considere necesario para la paz y defensa de sí mismo, a renunciar a este derecho a todas las cosas y a satisfacerse con la misma libertad, frente a los demás hombres, que les sea concedida a los demás con respecto a él mismo.

Se precisa entonces que, mientras hagamos lo que nuestra pura libertad y pasiones nos inviten a hacer, el ser humano estará en condición permanente de guerra y en la medida en que no todos estén dispuestos a renunciar parcialmente a este derecho de libertad, no tiene sentido como individuo abandonarlo pues tan solo estaría presentándose en desventaja a un ambiente hostil.

Esto es; en la búsqueda del disfrute de mis propios derechos, permitir en la medida de alcanzarlo, que otros disfruten sin involucrar impedimentos para su correcto acceso a estos por parte de su propio ejercicio de ley natural.

Esta sería una transferencia de derechos; sea por simple renuncia o por transferencia a un otro específico.
Cuando esto se dé mutuamente, se constituye lo llamado contrato.

Si para el caso se manifiesta o no reciprocidad, las meras palabras no garantizan que una de las partes que cede su derecho no reciba lo correspondiente de vuelta del otro que no cumpla con su compromiso de ceder voluntariamente una de las partes, pues para Hobbes las palabras son demasiado débiles como para frenar la ambición de los humanos y otras de sus pasiones, si estos no sienten el temor de un poder coercitivo.

Un temor que puede ser descartado en un Estado Civil, figura en la cual existe un poder capaz de constreñir a quienes de algún modo no cumplen su palabra en dicho contrato. Y para que este se configure aceptado, se perciben en la naturaleza humana dos elementos imaginarios que robustecen el compromiso en la palabra.

El temor a las consecuencias por quebrantarla o el orgullo y la gloria de su cumplimiento.“nada puede robustecer un convenio de paz, estipulado contra las tentaciones de la avaricia, de la ambición, de las pasiones o de otros poderosos deseos, sino el temor de este poder invisible al que todos veneran como a un dios”.
Por lo tanto, todo lo que cabe hacer entre dos personas con los mismos derechos que aspiran disfrutar de los mismos bienes para si, es inducirse el uno al otro a jurar por lo que he llamado en otros textos su figura de normalización del comportamiento; Dios, la ley, el Estado o cualquier otra que haga sus veces.

Julián Humberto Ballén Espinosa
@dialogos_julian_ballen
[email protected]

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